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POR:
ROLANDO DÍAZ
CERVANTES
rolandodiazc@hotmail.com


LA POLITICA ES SUEÑO



Esa mañana, Severino García se miró al espejo fijamente e imaginó que tenía muchos micrófonos al frente y que a sus espaldas estaba el Congreso de la República. Mientras los periodistas le hacían preguntas difíciles que él absolvía con envidiable facilidad, por un momento se olvidó de que vestía pijama, de que estaba en su cuarto de baño y de que tenía que ir a trabajar.

En el desayuno continuó con una sonrisa extraña y un brillo en los ojos que llamó la atención de sus hijos y su esposa mientras le daba un sorbo despectivo al café y sostenía, como autómata, su diario sin leerlo.

Severino tenía una familia feliz, su mujer era una extraordinaria ama de casa, cariñosa y leal, mientras sus pequeños, aún en época escolar, querían de grandes trabajar en "la empresa de papá". Él estaba en el rubro maderero desde que egresó de la universidad como ingeniero industrial. Trabajo no le faltó, a los pocos años tenía su propia empresa y se sentía preparado para mayores retos.

Esa mañana seguía siendo diferente, ya en su automóvil prendió la radio y escuchó una noticia que decía: "En conferencia de prensa el parlamentario oficialista…". Y la imaginación de Severino le puso su nombre a los puntos sucesivos, estaba decidido ¡Severino García postularía al Congreso! ¡No! qué va ¡él sería congresista!

Faltaban dos meses para inscribir listas. Un amigo lo presentó ante el líder de un movimiento político sin mayores aspiraciones, pero con la cantidad de firmas suficientes para la inscripción. Le dieron el número 45 que lo hizo extremadamente feliz, despertando en él la intuición cabalística que el destino le tenía preparado. Algo especial, su esposa hizo una lista de todas las amistades desde la época colegial de Severino hasta los familiares lejanos, aquellos que todos tenemos y sólo recordamos cuando es extremadamente necesario (léase abogados, médicos, militares, policías o dueños de empresas), pidió un préstamo al banco y empezó su campaña proselitista.

En los días siguientes, Severino veía orgulloso sus afiches pegados en diversas paredes. Por cierto, se preocupaba de pasar por las pocas calles que había empapelado. Su personalidad cambió. Cuando algún amigo lo saludaba en la calle, levantaba el brazo, hacía la "V" de la victoria e inmediatamente agregaba ¡vota por mí, marca el 45!. Más de una vez, la respuesta era inmediata, ¿qué, estás postulando al Congreso? Estos conceptos no lo desanimaban. Llegó a salir en televisión, algunos periódicos publicaron su fotografía y su slogan de campaña "con Severino al Congreso, en el país habrá más progreso", una foto sonriente de Severino con un saco verde, camisa blanca con rayas azules y corbata mostaza, terminaba de darle la cuota circense al afiche. Siempre llevaba consigo un papel donde tenía frases e ideas interesantes para decirlas en las entrevistas que le hacían (su dinero le costaba). Un periodista le preguntó sobre el país y la globalización en el mundo y él terminó en una retórica de la autocracia antidemocrática, conceptos que tampoco entendía pero los había copiado de otro candidato pues, "se escuchaba muy bonito".

El día del proceso electoral Severino miraba por la ventana de su casa, a lo mejor llegaba algún reportero de televisión para entrevistarlo. Durante el desayuno, el teléfono sonó dos veces "debe ser la prensa", dijo él. Una llamada era para su esposa y la otra un compañero de colegio de su hijo menor.

Cuando llegó a su lugar de votación, intentó no hacer cola argumentando ser candidato al Congreso hasta que entendió que nadie lo conocía y no le iban a dar ningún privilegio.

Mientras esperaba en fila para emitir su voto, sin que nadie se lo preguntara, le comentaba a la gente dónde iba a recibir los resultados, que estaba optimista de poder ganar y que cuando sea congresista podían buscarlo, que él gustoso los atendería. Acto seguido, rumores, sonrisas y una frase suelta que se dejó escuchar, ¡ese payaso de allá dice que va a ser congresista!

Esa mañana, Severino García había perdido las elecciones, nadie votó por él y su sueño formaría parte de una frustración más. Se miró en el espejo, sin ganas de imaginar lo que hasta ayer era un sueño por hacerse realidad. Sintió vergüenza de tener que dar la cara aceptando la derrota, cogió su maleta, subió a su automóvil y, detenido en un semáforo, se le acercó un niño que lo miró y le dijo "usted es ese señor que sale en los afiches ¿no?". Él respondió con una sonrisa, le regaló un billete de diez soles y siguió su rumbo, totalmente seguro de que había dejado de ser una persona intrascendente.

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