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POR:
WINSTON ORRILLO


UN JOVEN POETA QUE TRADUCE:
C. FERNANDEZ.


¡Qué gusto me da escribir sobre autores que no son de la maffia! ¡En nuestro medio –lo he expresado ya más de una vez– medran varias maffias de escribidores que han tomado por asalto las redacciones culturales, los suplementos dominicales, y se reparten, generosamente, las dádivas, las apologías, los elogios, los ditirambos.

Hay maffiosos y maffiosillos. Los maffiocitos son los maffiosos que están surgiendo y que son aupados por la maffia: cumplen labores iniciales, como ser permanentes turiferarios de los capos y de sus cognados.

Hay, también, los que, no siendo, aún, de la maffia, se esfuerzan por pertenecer a ella, o, aunque sea, lograr se les permita alimentarse de sus migajuelas.

Uno mira los rostros de los maffiosos –y de las maffiosas– y, al comienzo, cuando es desavisado, les tiene un poco de humana envidida, pero cuando penetra en su infinita miseria, comprende lo pobre que es el cimiento sobre el que se encuentra el castillo de naipes de su supuesto buen nombre.

Por eso, cuando llega a mis manos de añejo lector, un libro de un joven al que aún no veo capturado ni manipulado por la maffia, lo leo con más empeño, rescato sus valores inconmensurables, y proclamo sus bondades (siempre lo he hecho, aunque alguna, luego, devino en una de las maffiosillas ad usum).

Tal el caso de Camilo Fernández Cózman, con quien, en verdad, ya estaba en deuda, pues el que ahora comento es el cuarto de sus volúmenes en mi poder.

Primero fue el excelente estudio sobre una de las cimas de la poesía peruana de los 50s: Jorge Eduardo Eielson: Las huellas del aura (1996); luego, Ritual del silencio, estremecedor y bello testimonio poético sobre el deceso de su progenitora (1995). Hace poco, una impecable traducción del conocido Bestiario del fundador de las vanguardias: Guillaume Apollinaire (1999); y, ahora mismo, este que corona su labor de traductor y de catedrático de Literatura Francesa: los Poemas del gran y querido maestro de la poesía amorosa surrealista, el inefable autor de La capital del dolor, Paul Eluard.

No se trata, como el mismo Camilo Fernández lo afirma, de una antología de una de las plumas más significativas de las letras francesas del siglo que fenece (y muy conocido, ya en otro plano, por haber sido el primer marido de la mítica Gala de Dalí). Lo que ha hecho Camilo es, simplemente, escoger los poemas de mayor ductilidad para ser vertidos a nuestra lengua, ¡y vaya que ha escogido bien!

Están –en el presente volumen– joyas como "Para vivir aquí", "La enamorada". "Te levantas", "Manos por nuestras manos", "Identidades", "No estoy solo", "Si tú me amas", "Sin ti", "Nuestro movimiento", "El éxtasis", "Y una sonrisa", "Nosotros dos", "Semblante vivo". Y hemos dejado, exprofesamente, para el final, esa presea de la poesía universal, cantada por innumerables trovadores, e himno renovado de todos los demócratas revolucionarios del mundo: "Libertad". Aquel que comienza: "Sur mes cahiers d'ecolier/ Sur mon pupitre et les arbres/ Sur le salbe sur la neige/ j'écris ton nom". (En mis cuadernos de escuela/ En mi pupitre y los árboles/ En la arena en la nieve/ Escribo tu nombre…").

Camilo, muy joven (nació apenas en 1965) es un brillante catedrático de las nuevas hornadas de la Escuela de Literatura de San Marcos. Como San Marcos nos da el buen nombre, pero jamás el buen haber para sobrevivir con decoro, complementa sus horarios en la importante Universidad privada de San Ignacio de Loyola. Y ya se prepara para sustentar una tesis doctoral (¡una exageración, a mi buen juicio) sobre la poesía de Rodolfo Hinostroza.

Al preguntarle al joven poeta y traductor por qué escogió a Paul Eluard para este libro, nos responde: "Mi interés por la poesía de Éluard comenzó cuando advertí en ella una extraña magia de las palabras. En efecto, palabras tan sencillas como "rama", "fuego", o "cielo" se asociaban en una sintaxis de bastante simplicidad, y, sin embargo, conmovían al lector. Me llamó la atención cómo, detrás de la sobriedad formal, había una gran densidad de reflexión".

Sabias palabras que justifican el ejercicio, riesgoso, de la traducción, pero necesario incluso para el propio autor, para mejorar su estilo, para excogitar, mejor, sus palabras, como que el maestro Borges lo recomendara, sin miramientos, para los creadores de todos los géneros.

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