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POR:
ROLANDO DÍAZ
CERVANTES
rolandodiazc@hotmail.com


LA MÚSICA Y LOS AMIGOS


¡Nos encontramos a las seis de la tarde en el bar de Percy!, bastó sólo esa frase para que tres personas y un recuerdo se juntaran luego de tantos años.

A la hora exacta llegaron dos de ellos, se habían conocido primero, fueron desde el inicio los mejores amigos. eran de los que nacen para juntarse, en las noches de ese invierno alumbraron con locura adolescente el sueño de ser grandes. La pregunta que se harán ustedes es ¿de qué manera grandes? Pues de la única con que algunos niños crecen, con la única forma que el ser humano no realiza ninguna distinción, porque es de tipo universal: la música.

Se miraron y no podían creerlo quince años exactamente pasaron antes de ese encuentro. En dos segundos su mente se volvió como una rotativa de imágenes ambos querían empezar a recordar, pero no aún no era la hora. Ya habría tiempo.

Estaban como cortados por la emoción se dieron un abrazo y se sentaron. en ése instante apareció el tercero y todo estaba dispuesto para empezar a revivir, bajo ese techo de madera con focos de color rojo y amarillo, las épocas en que se sentaban en esa misma mesa, junto a ese mostrador, frente al espejo enorme que hacía más grande el local aun estaba la inscripción sobre la mesa que habían hecho hace muchísimo tiempo, pero como los buenos recuerdos, aún seguía allí la marca silenciosa de cuatro destinos que vivieron juntos tantas cosas. Eso lo escribió Jorge, ¿se acuerdan?., dijo uno de los presentes, y Jorge de pronto se convirtió en segundos de silencio. La mesa se hizo más grande y un lado estaba vacío.

Fue el culpable de las noches llenas de aplausos que les tocó vivir, fue Jorge quien les dio su primer cigarillo, con él conocieron la bohemia, a tal extremo de romper la guitarra que tanto esfuerzo les había costado. Fue ese amigo que, por una de sus tantas conquistas de fin de semana, les había hecho pasar tres meses fuera de su propio barrio, donde ensayaban, porque un esposo tan celoso como bien informado los había amenazado de muerte.   

Aquel compañero que un día llegó a ensayar a la medianoche, con los ojos rojos ,llenos de lágrimas, y en un par de segundos hizo de sus vidas simples espectadoras de la muerte lenta y silenciosa que había tocado su cuerpo. Un año después exactamente de esa confesión, él y todo lo que había vivido a sus 20 años se fue y gran parte de ellos también.

La tarde transcurrió entre bromas, risas, recuerdos y todo lo que se pueda contar después de 15 años. Horas después, como en aquellos tiempos, don Percy se acercaba y les decía con toda la tranquilidad del mundo, que ya era hora de cerrar. En el instante, su mirada anciana pareció iluminarse al encontrarse con caras perdidas en el olvido. Los tres se pararon y se dieron uno a uno el abrazo de despedida, por lo menos hasta cuando el destino lo permita. Las cosas son distintas ahora. Ya no es la madre quien los espera en casa desvelada por la preocupación del hijo que no llega, ni es la cama ni la frazada que cobijaba sus sueños la que los cubre. Es la esposa y los hijos, sólo la responsabilidad de llevar un hogar que los espera.

En la mesa sólo quedan algunas botellas de cerveza consumida, pero en uno de los lados de ese frío rectángulo de madera, aún hay un vaso lleno. y en el cenicero, un cigarrillo prendido. Jorge no estaba ausente, sólo que no tuvo nada que contar.


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