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POR:
ROLANDO DÍAZ
CERVANTES
rolandodiazc@hotmail.com


LA PERA QUE MADURA



Aquella mañana el timbre de la entrada al colegio sonaba, mientras Jorge presionaba los puños que escondía en sus bolsillos. No había estudiado, mamá lo había retado y él no quería entrar al colegio, "tirarse la pera" que le dicen. De pronto, pasó Ricardo, su compañero de salón, cuya vida era una eterna vagancia con algunas interrupciones de clase. Al ver dubitativo a Jorge, lanzó el desafío –¡apuesto que no te atreves a quitarte conmigo!– la respuesta afirmativa fue inmediata y, en cuestión de minutos, ya estaban planeando cómo hacer hora. Vamos al "Cerebro", dijo Ricardo, se frunció el ceño del nóvel vaquero y su guía aclaró el concepto, –¡es una discoteca donde podemos entrar a cualquier hora, venden trago y hay buenas hembritas!– a los quince años esas primeras propuestas mezclan el temor a lo desconocido con la curiosidad.

El lugar parecía un pedazo de infierno, música que rompía tímpanos, humo que restaba la poca visibilidad que había y primitivos juegos de luces, colegialas con aliento etílico que reían y se paseaban por el lugar, grupos de jovenzuelos cuyas manos recorrían faldas y traseros que los hacían sentirse más hombres al escuchar la celebración de sus compañeros. Jorge se preguntaba si era tan malo lo que estaba haciendo ¿por qué había tanta gente como él en ese lugar, con uniforme, con ganas de divertirse y que también se había "tirado la pera"? De pronto, apareció Ricardo con un cigarrillo en los labios , una botella de Roncola y le dio un vaso lleno –¡toma para que te pongas las pilas!– los minutos pasaban rápidamente, venían los vasos, cigarrillos y bailes con conversaciones de chicas que sonreían como autómatas regalando su nombre y sonriendo cuando menos pensó, Jorge tenía una colegiala entre sus brazos, fumaba un cigarrillo y tenían un trago frente a él, ante una tenue luz y música estrepitosa, era la primera vez que besaba una mujer en los labios. Ella tenía vestimenta de colegiala y aliento de bohemia. De pronto, la fémina sacó de su bolsillo un paquetito blanco, Jorge vio cómo armaba un extraño cigarrillo, ella empezó a drogarse y le ofreció compartir vicios, él esa mañana le decía sí a todo lo que escuchaba, probó y sintió el tambalear de neuronas, una laguna lo alertó que ron, tabaco y pasta es una combinación peligrosa y peor aún cuando se tiene quince años, aún no llega el mediodía y el desayuno fue austero.

De pronto, estaba en un callejón, junto a ella, lo tomaba de la mano y lo llevaba al interior de cuatro ruinosas paredes. El destino quería que Jorge conozca el sexo en un viejo colhón y teniendo como mudos testigos un televisor en blanco y negro, una radio a transistores, una modesta cocina y cuatro miserias más. Ella tenía un rostro que no iba acorde con sus expertos movimientos, sus palabras de grueso calibre y gemidos de mujer ardiente. él era un inexperto colegial que esa mañana empezó a conocer demasiadas cosas por primera vez. El tiempo seguía su curso inclemente mientras la pareja se rendía en los brazos de morfeo.

Cuando Jorge despertó, el reloj marcaba casi las cuatro de la tarde y su cabeza parecía estallar, ella abrió sus ojos, lo miró. Mientras, unas lágrimas recorrían sus mejillas, se abrazaron fuertemente y con esa voz de niña mujer le dijo sollozante –tengo Sida, ¡perdóname!–.

Esa noche, Jorge había regresado a casa, su madre continuó retándolo, el colegio lo esperaba mañana, las matemáticas seguían en rojo y el profesor volvería a estirarle las patillas, sin embargo él había conocido demasiado en cuestión de horas. Es que las drogas, el alcohol y la promiscuidad sexual son tan fáciles que parecen estar esperándonos tomadas de la mano. La palabra Sida estremecía su alma y no pudo dormir toda la noche.

Hoy Jorge tiene 23 años es portador del VIH, no ha tenido hijos ni piensa casarse. Recorre los colegios orientando a los muchachos para alejarlos de los caminos fáciles y cada vez que llega a una escuela trata de hacerlo muy temprano, acaso para encontrarse con muchachos que presionen sus puños dentro de sus bolsillos y se detengan frente a la puerta queriendo conocer una pera que los haga madurar.


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