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POR:
ROLANDO DÍAZ
CERVANTES
rolandodiazc@hotmail.com


TODO POR GABRIELA



Está usted despedido!, fue la última frase que escuchó Misael Bonilla cuando, al mediodía, se disponía a degustar un refrigerio tan inesperadamente amargo. Sin pedir explicaciones recogió sus cosas de esa oficina que fue testigo de casi diez años de trabajo, sacrificio y momentos tan grandes como patéticos, triunfos y derrotas, como la vida misma. Es que ese lugar era, cronológicamente, la tercera parte de su existencia.

-¡Llegaste temprano a casa!- fue la segunda frase difícil de responder que escuchó cuando esa tarde Gabriela regresaba del banco donde era próspera funcionaria, mientras sus hijos jugaban en el patio alegres porque papá estuvo toda la tarde con ellos.

- ¡Siempre debe mirarse el futuro con optimismo!, recordaba Misael que le decía su abuela en las tiernas noches de su infancia, mientras le acariciaba el cabello esperando que caiga en los brazos de Morfeo. Pero ese futuro ahora se presentaba incierto, lo hacía dudar, no por su familia, pues Gabriela sola podía mantener tranquilamente la economía. La preocupación era por él y un futuro peligrosamente incierto.

Los problemas llegaron a los pocos meses cuando la liquidación fue desgastándose y prácticamente sirvió para cancelar deudas por adelantado. Pero una mañana, su bolsillo empezaba a sentir la soledad de varias quincenas sin sueldo. La comprensiva y cariñosa cartera de su mujer sacó unos billetes y con un beso supo darle ánimos -¡Llegarán épocas mejores!- le dijo antes de irse elegantemente a su oficina mientras él, aún en pijama, planeaba qué cocinar ese día.

La rutina de llevar a los chicos al colegio, cocinar y asear la casa lo fue desesperando, iba perdiendo el ego y machismo hasta en los momentos más íntimos con Gabriela, pues en las noches de entrega marital él parecía tener menos fuerzas y ella menor pasión.

Un fin de semana, Misael veía intranquilo la programación televisiva de madrugada, mientras bebía whisky y fumaba los cigarrillos de Gabriela, de pronto escuchó un automóvil estacionarse con el motor encendido, algunas sonrisas y la puerta de casa se abrió mientras su mujer entraba sonriendo, era reunión de trabajo del banco y las manecillas del reloj marcaban la una de la madrugada. Tímidamente, Misael le increpó por su noctámbula llegada y el tono sarcástico y rotundo de Gabriela puso fin a la noche -¡estuve trabajando!-.

Lo que siguió fue una pesadilla que parecía ir creciendo con los días, llamadas telefónicas para ella, con misteriosas voces masculinas que luego fueron identificándose sin temer el cruzarse con un marido celoso, viajes de trabajo de tres o cuatro días con explicaciones bastante extrañas y un epílogo esperado. Casi en la víspera que Misael arrancara su primer calendario como desocupado, Gabriela le propuso el divorcio, y el motivo era irrefutable hasta para el orgullo más ligero -¡acéptalo Misael, él es un banquero y tú un desocupado. ¿Por qué tendría que seguir contigo!- en el fondo él no podía entender si Gabriela se enamoró del dinero o se cansó de su fracaso, lo cierto es que resulta difícil competir con tarjetas de crédito, automóviles de lujo y sueldos norteamericanos, cuando no se tiene un centavo en el bolsillo, las manos huelen a comida de casa y la ruta diaria no va más allá del supermercado.

"Extraña muerte de banquero baleado por desconocidos, sería ajuste de cuentas", titulaban los diarios esa mañana. Misael jamás pensó que su hombro serviría para secar las lágrimas de Gabriela al haber perdido a su futuro esposo. Habían pasado varios meses desde que se separaron y desde aquel día él se mudó a un viejo hostal, consiguió un trabajo a medio tiempo en un estudio contable y parecía que lo peor estaba terminando. Ahora tenía en sus brazos a la mujer de su vida, tal vez no en la situación que hubiera querido, pero la circunstancia no dejaba de ser interesante, sellaron el reencuentro con un beso como en aquellos tiempos.

Esa noche, Misael sonreía mientras abrigaba las esperanzas de volver con Gabriela, tratar de ganar más dinero buscando otro trabajo, ver a sus hijos de nuevo y desaparecer un revólver que le había devuelto la felicidad.


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